Terapia sartriana

Las experiencias que he narrado en los últimos artículos del blog me llevan a la conclusión de que es más difícil lograr la autosuficiencia emocional, que la propia autarquía de los alimentos y el cobijo. Thoreau también trata de despertar las conciencias de unos ciudadanos muy manipulados por la religión, y propone cambiar el dios cristiano por la espiritualidad que podemos apreciar en la propia naturaleza, si la miramos desde la perspectiva de una especie de panteísmo laico trascendental (pertenece a una corriente filosófica norteamericana llamada “Trascendentalismo”). Se alegraría al ver que ese panteísmo que adora la naturaleza está presente en muchas corrientes místicas actuales, pero se entristecería profundamente al saber que esas corrientes también están en manos de neochamanes, que tratan de sacar beneficio al tiempo que dirigen rebaños de neoborregos. Es la llamada New Age, que ha alcanzado una altísima cota de poder en la Iglesia de la Cienciología. Aunque no hay que apuntar tan alto: En cada pueblito de nuestra geografía podemos encontrar locales alquilados, cuyo gerente ofrece lo mismo que la Cienciología (pero cobrando menos).

Es verdad que alguien debe enseñarnos a gestionar nuestras emociones (o nuestro lado espiritual). Y sería apropiado hacerlo desde la infancia, con una asignatura específica en los colegios. Pero a falta de utopías, hay quienes han dedicado su carrera a hablarnos de inteligencia emocional, y enseñarnos lo que saben sobre este asunto. En España despunta la mediática Elsa Punset, y estoy seguro de que también Thoreau hubiese elogiado esta moderna corriente de la psicología que nos enseña a dirigir los sentimientos, a identificar y manejar nuestras emociones. Al dejarlas en manos de maestros o coaches, las personas corren el riesgo de quedar atrapadas en sesiones semanales de por vida. Es a lo que aspiran los cursos de meditación. Resulta anecdótico el empeño que pone la doctrina de estas neorreligiones en romper los automatismos, cuando precisamente tratan de crear en las personas un automatismo, haciéndolas acudir a sus sedes semanalmente. Y lo que es más llamativo, para repetirles una y otra vez las mismas ideas: Vivir conscientemente, y romper los automatismos (son dos constantes de estas religiones de la postmodernidad). No tratan de enseñar a gestionar las emociones, como hacen especialistas como Elsa Punset (cuando uno aprende, no necesita más del maestro), sino crear dependencia a esas sesiones semanales, aprovechando el hábito que adquirimos en Occidente de ir a misa, manteniéndolo por inercia.

Un filósofo mordaz que reflexiona sobre estos dos asuntos, los automatismos de la vida, y vivir conscientemente, fue Jean-Paul Sartre, en su novela La náusea (1938). Pero de una manera inteligente y realista; no edulcorada, superficial y comercial, como hacen los cursos de meditación. Tanto, que su protagonista cae en un nihilismo y una crisis existencial que solo resuelve al final de la obra. En un tiempo en el que no se hablaba de inteligencia emocional ni de maestros espirituales, por pura intuición llega a la conclusión de que será la Creatividad, la terapia con el arte, la que lo salvará:

“Sé muy bien que no quiero hacer nada; hacer algo es crear existencia, y ya hay bastante existencia. La verdad es que no puedo soltar la pluma; creo que voy a tener la Náusea, y mi impresión es que la retardo escribiendo. Entonces escribo lo que me pasa por la cabeza. […] Un libro. Naturalmente, al principio sería un trabajo fatigoso; no me impediría existir ni sentir que existo. Pero llegaría un momento en que el libro estaría escrito, estaría detrás de mí, y pienso que un poco de claridad caería sobre mi pasado. Entonces quizá pudiera, a través de él, recordar mi vida sin repugnancia.”

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