Anarquismo emocional y neorreligiones

En esta entrada me gustaría hacer pública una reflexión sobre mi experiencia de siete semanas en una conocida ecoaldea de España. No me la puedo guardar para mí porque clama al cielo que, un grupo de personas que en teoría se apartan de la sociedad para crear un nuevo modelo, en la práctica plasmen en su comunidad los viejos modelos al uso.

No les culpo por ello, porque creo que la condición humana es la misma en cualquier ámbito vital. El aspecto que voy a analizar, y lo que llamó mi atención, fue la necesidad que tienen algunas personas de un guía espiritual, y para lo que son capaces de consentir casi cualquier alienación de su persona, e incluso ofrecer el producto de su duro trabajo.

El hastío que siente la población hacia las corrientes cristianas, en manos de hipócritas y corruptos sacerdotes, está repuntando el nacimiento de neorreligiones, casi todas con base en filosofías orientales. Los problemas filosóficos y existenciales están poco a poco siendo gestionados por psicólogos con extrañas titulaciones en psicomagia (reiki, reflexología, chakras, numerología, etc.). El ejemplo concreto que voy a narrarles sucede en una ecoaldea con gran actividad agraria y ganadera. Debe ser así, porque una treintena de personas autogestiona su alimentación y bienestar, en un loable ejemplo de anarquismo comunitario. Pero han decidido dejar que el aspecto emocional de sus vidas sea dirigido por una líder espiritual. Mientras los miembros de esta comunidad viven en modestas celdas en torno a un patio, con baños, comedor y cocina, compartidos, la lideresa habita una lujosa mansión apartada varios kilómetros de la comuna, con las mejores vistas de la finca, baño y cocina de lujo, propios. El salón se decora con dos columnas iluminadas, y un piano, y se abre con un gran cortinaje a un mirador donde bien podría estar la pila de sacrificios (entiéndase la ironía…)

Lo más llamativo es que todos trabajan diariamente en las duras faenas del campo, mientras esta sacerdotisa no mueve un dedo. Su labor consiste en dar consejos. Su cariz templado y agradable, acentuado por su teatralizada voz sibilina y sibilante, se potencia por el hecho de que la mayoría de las personas llegan al comedor cansadas y malhumoradas por el trabajo a pleno sol, desde muy en la mañana, mientras ella apenas se acaba de despertar, y hace su deslumbrante aparición con elegantes vestidos, aseada y perfumada. Creo que no es necesario decir que para dar consejos solo bastan dos cosas: Experiencia y Empatía. Cualquier persona cercana puede ser tu mejor apoyo en momentos de debilidad emocional, y para nada se necesita una casta sacerdotal con semejantes privilegios, por mucha titulación en Psicología que se tenga. Más aún si tenemos en cuenta que los que conocen el funcionamiento de la mente son los psiquiatras, y no los psicólogos, que parecen estar abocados a sustituir a los denostados curas, en esta sociedad nihilista del siglo XXI = cada domingo, esta mujer da una charla colectiva, que bien podría llamarse misa. Los miembros de la comunidad se visten de limpio y se acercan a una sala, que bien podría llamarse capilla. Organiza meditaciones guiadas, que bien podría llamarse rezar. Y cuando habla de Energía, bien podría referirse a Dios...



Ocuparse de las carencias emocionales de los demás sería una afición respetable, si no fuese porque hay quien lo usa para situarse en un escalón social por encima de ellos. En esta entrada al blog, más subjetiva que las demás, me permito pensar que estamos bien formados en la práctica de la anarquía entendida como autogestión de los recursos materiales, pero que somos analfabetos en la gestión individualista de nuestras emociones. El único teórico sobre el anarquismo, de los que he leído hasta ahora, que ha tratado un poco la autogestión de nuestra vida emocional, se llama Émile Armand.

En su libro El anarquismo individualista (Ed. Pepitas de Calabaza, 2003), Armand llama parásitos a esta clase de personas, y los define como aquellos “que juzgan más cómodo y menos fatigoso vivir a expensas de la actividad ajena”. Y continúa su discurso con una reflexión que nos atañe a todos, incluido a mí mismo por el mero hecho de citarlo: “Todos somos algo parásitos, puesto que nos aprovechamos de las adquisiciones de los más adelantados en ideas y estudios y no podemos vanagloriarnos de nuestro saber, cuando es una imitación de lo que otros han dicho antes y mejor que nosotros”.

Armand es muy reticente a este tipo de colonias en común porque “sin autoridad o influencia moral de un individuo y anulación de la personalidad ante un ideal religioso y económico, una colonia no podría vivir y prosperar”. Y a continuación propone un modelo de colonia en la que no se anularía la personalidad de sus habitantes, y al que remito y recomiendo su lectura.

Lo más triste es que lleva razón en esta última cita, pues son solo dos las ecoaldeas españolas que han superado los treinta años de existencia -una de ellas la aquí analizada-, y ambas han decidido poner en manos de un mentor la manipulación de aquellos egos que se salgan del camino trazado. Entre esta concepción de la New Age y el Pensamiento Único de los totalitarismos hay apenas un suspiro…

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