Mindfulness para desempleados

Para muchas personas sin empleo, la única opción posible de poner fin a esta situación de desempleo es migrar a otras regiones, a otros países, o incluso a otros continentes. Este trance puede tomarse con actitud positiva, en caso de verlo como una oportunidad de crecimiento personal y profesional; o todo lo contrario, considerarlo desde una perspectiva negativa. Pero sea cual sea la manera de encarar esta nueva etapa, es evidente que el migrante se encuentra ante un reto que puede desequilibrar su estabilidad emocional. Sin apoyo material ni humano, y solo frente a una realidad extraña que puede conllevar una lengua y cultura diferentes, saber mantener un equilibrio y salud mental es crucial.

Pero hay millones de desempleados que se encuentran en situación de angustia, sin haber llegado al extremo incómodo de la emigración. Parte de ellos son el precariado, una palabra nacida del cruce del proletario y del precario, y que Guy Standing define como una nueva clase social, en su ensayo El Precariado (Pasado&Presente Ediciones, 2013). Según Standing, el precariado se diferencia del proletariado en su resentimiento por un sistema que los ha excluido, después de haberles prometido el Dorado; por su desesperanza, que les conduce a estados de ansiedad; por saberse abocados a la alienación -y ser conscientes de ello-; y sobre todo por la frustración. La maldita frustración de ver que no hay oportunidades para sus proyectos, y al mismo tiempo tienen que ser positivos y sonreír.

Algunas personas descuidan su salud mental más de lo deseado, y necesitan de un proceso curativo especializado. Tres son los pilares básicos para recuperar el equilibrio perdido: Medicación, psicoterapia y cambio de estilo de vida.

En el caso de la medicación topamos con uno de los lobbies más poderosos: el farmacéutico. Según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, en el periodo 2003-2011, el incremento en el consumo de ansiolíticos fue del 34’3%. Este dato es paradójico, pues el enfermo no es el precariado, no son las personas, sino el sistema. El que debería estar en cuarentena es el abuso neoliberal del capitalismo agresivo. Las empresas farmacéuticas revolotean alrededor de sus víctimas, como buitres.

La medicación es inútil si no va acompañada de sesiones de psicoterapia individualizada. De otra manera sería como vendar una herida que no deja de sangrar. Hay que cortar la sangre, hay que localizar el problema. Pero llegamos al mismo punto: el problema no está en nuestra mente, sino fuera de ella…

El tercer aspecto es el único que depende de nosotros mismos: el cambio en nuestro estilo de vida. Si nuestro estado anímico aún está fuerte, incluso puede evitar las fases anteriores. Un primer paso sería alcanzar el autoconocimiento mediante la meditación y reflexión, para lograr un estado de conciencia plena (mindfulness). Aunque es una opción muy personal, es recomendable dejarse guiar por un psicólogo especializado. Así visto, podríamos etiquetarlo de coaching coercitivo, pero el mindfulness no se debe entender como una terapia, sino como un estilo de vida. Es la adaptación del budismo zen a la mentalidad racional de Occidente, por parte del psicólogo Jon Kabat-Zinn. Esta corriente la han seguido algunos líderes espirituales, como Eckhart Tolle, autor de libros de autoayuda muy difundidos, pero que convierten el mindfulness en una opción cercana a la pseudociencia y al misticismo.

Durante nuestras etapas de desempleo, si hay algo que tenemos en abundancia, es el tiempo. Es nuestro bien más preciado. Tenemos todo el que queramos, y a libre disposición para usarlo como deseemos. De hecho, es un valor real, a diferencia del dinero, que es un valor ficticio. El dinero tiene su valor en relación a convencionalismos artificiales, contraídos entre algunas personas. No olvidemos que esas piezas metálicas a las que llamamos dinero, no son un bien universal. Pensemos en tantas culturas, mal llamadas primitivas, para las que poseer dinero no es sinónimo de riqueza o felicidad. En cambio el tiempo es un valor en sí mismo. Es una riqueza absoluta, en contra del dinero o las posesiones materiales, que son riquezas relativas. Tener tiempo no da necesariamente la felicidad, pero su carencia sí puede volver nuestro carácter gris y apagado. Una persona que no tenga tiempo para sí, o para el ocio compartido entre amigos, puede llegar a enfermar de agotamiento. Nuestra mente necesita de momentos de soledad, de esparcimiento, de silencio, sin obligaciones sociales ni laborales; necesita del aburrimiento (de un aburrimiento controlado), desconectar sus pensamientos del negocio, para dedicarse al ocio. El tiempo se compra y se vende. El tiempo tiene un precio: ¿Qué es sino un ticket de metro o bus, sino tiempo para llegar antes a los sitios? Andando llegaríamos de igual forma, solo que tardaríamos más. ¿Para qué sirven la mayoría de electrodomésticos sino para ahorrarnos tiempo? Muchas veces no pagamos más por la calidad de un servicio, sino por su prontitud.

El tiempo es el arma más poderosa de un desempleado, y de cómo lo gestionemos dependerá en gran medida nuestro estado de ánimo. Cuando tenemos empleo, el poco tiempo libre lo aprovechamos al máximo, descansando o distrayéndonos. Pero al pasar al nuevo estatus se nos abre un vacío ante nosotros. El día tiene una nueva dimensión, porque ya no está compartimentado en horas de descanso, y horas de trabajo; en días laborables, y días festivos. Todo el día, y todos los días, son exactamente iguales.

La gestión del tiempo es un tema ampliamente tratado en este blog, que ha dedicado varias entradas al Movimiento Slow. Al ser un tema tan sensible, terminaré este artículo subrayando el apunte que Guy Standing hace en su libro. Advierte de dos fenómenos en relación a ello =

La autoexplotación del precariado, o de cómo gestiona su tiempo formándose más y más, que lo lleva a un estado de “eterno estudiante”. Y a la vez, otro sector que ha caído en la anomia, palabra que Wikipedia define así: La falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr las metas de la sociedad”. Espeluznante.

Aprender técnicas mindfulness ayuda a organizar nuestra vida, nuestro tiempo y nuestra mente. Y ahora te hablo como el altruista patológico que a veces puedo llegar a ser, y no como bloguero indignado: “Si tu situación social-laboral está afectando tu estabilidad emocional, te invito a visitar el taller de Psicología Solidaria para desempleados que impartimos todos los jueves en Tabacalera (Madrid)”. Ánimo.


Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Gramáticas inútiles. Colores imposibles.

Las granjas WWOOF

Anarquismo emocional y neorreligiones