Autarquías y Paraeconomías


En esta ocasión he sacado de mi biblioteca dos libros para comentar, que comparten una línea en común: la autarquía, autogestión o autosuficiencia. Más adelante explicaré la gran diferencia entre ambos.

El primero de ellos se titula "Vivir sin empleo: Trueque, bancos de tiempo, monedas sociales y otras alternativas", de Julio Gisbert (Los libros del lince, 2010).

Este autor comenta experiencias de grupos antisistema que han ideado otros sistemas alternativos de organización social, al margen de la economía de mercado. Son experiencias con mayor o menor recorrido, algunas aún vigentes, vividas en diferentes países; en tiempos de crisis -caso de la Argentina del corralito- o en tiempos de bonanza (tengo que aclarar que cuando hablo de crisis o bonanza, hago referencia al sistema de la economía oficial, coyunturas que no afectan necesariamente a los modelos comentados en el libro). Ningún sistema de los propuestos es capaz de igualar el gran bienestar material del capitalismo -como tampoco ninguno es tan cruel con el medioambiente-, pero construyen unos entramados organizativos que contemplan los aspectos esenciales de la sociedad, dejando a un lado las superficialidades que el capitalismo nos vende como necesidades. Lo mejor de estas opciones de vida es que respetan esas superficialidades como una alternativa más entre muchas, es decir, son opciones no excluyentes.

El segundo libro se tituló en su lengua original “The complete book of self-sufficiency”, aunque la que presento es una versión que en castellano fue publicada como La vida en el campo ampliada con una guía práctica: El horticultor autosuficiente, un doble volumen de John Seymour (Blume, 2004).



La obra es un compendio de todo lo que una pequeña comunidad debe saber para ser completamente autosuficiente. No solo en cuestiones agrícolas y ganaderas, sino que también enseña, por poner unos ejemplos, tareas como la elaboración de tejidos, siempre empezando desde lo más básico, es decir, desde el hilado en la rueca, exponiendo incluso la estructura de esa rueca; cómo fabricar ladrillos, o hacer un techo de paja; guardar alimentos en conserva, o aprovechar la energía eólica; elaborar pan o cerveza, o forjar metales. Y todo con ilustraciones minuciosas y eficaces (y preciosas), como si el autor supiese de sobra que algunas mañas no se pueden explicar con palabras.

Habiendo llegado a este punto, el lector habrá notado que los modelos de autogestión que refiere Gisbert, y la autarquía de Seymour, se diferencian básicamente en que los primeros son propuestas dirigidas a un ámbito urbano, y en el segundo caso, a un ámbito rural. En los pueblos pequeños generalmente ya existe un entramado social predispuesto de manera natural al intercambio de servicios y bienes, mientras que en las grandes ciudades la movilización para establecer un banco de tiempo resulta siempre un tanto artificiosa, y también pasajera, pues pasadas las épocas de crisis que lo pusieron en marcha, el individuo urbano vuelve a su aislamiento.

El libro de Seymour nos regala un prólogo de Ernst F. Schumacher (autor de "Lo pequeño es hermoso", libro de culto, muy influyente). Los ideales de ambos se incluyen dentro del movimiento decrecentista y la permacultura, interesantes corrientes que van más allá de la simple autarquía, y que merecen una entrada aparte en este blog. El prólogo resultaría un tanto descomedido en el año 1976 cuando fue escrito, pero hoy está de plena actualidad. Os dejo un extracto =

“Podemos hacer las cosas nosotros mismos o pagar a otras personas para que nos las hagan […] ¿Qué ocurre cuando sobreviene el paro, la avería mecánica, las huelgas, el desempleo? ¿Proporciona el Estado todo lo necesario? En unos casos, sí; en otros, no”.


Para terminar esta entrada voy a comentar un ejemplo de autogestión en la ciudad de Málaga, que flirtea con el capitalismo que pretende reprimir. Dará que pensar:

La Casa Invisible es un edificio municipal okupado en 2007, con la idea de combatir el mercantilismo en las artes. Más tarde la protesta se generalizó a otros ámbitos. Los problemas legales que suponía la ocupación obligaron al colectivo a firmar en 2011 un convenio con la Administración, por el cual vendieron su alma al diablo. Pienso esto por una cláusula que dice lo siguiente: “el colectivo asumirá la contratación y los costes de los servicios básicos del inmueble (electricidad, agua, licencias...), así como su mantenimiento y los preceptivos seguros”. Es decir, a partir de ahora se tendría que buscar financiación mediante formas mercantiles, para conseguir el dinero necesario. Así se creó una librería y una cafetería. La librería está especializada en temática subversiva y antisistema, pero gestionada según modelos mercantiles. En la cafetería se puede consumir una cerveza de elaboración casera, con un coste de dos euros el botellín...

Esta experiencia la comparo con un taller escolar en la que los niños van asimilando poco a poco los trágalas del sistema, bajo la supervisión de los maestros. Julio Gisbert nos habla de algunos modelos frustrados, que acabaron diluyéndose en el sistema, y tiemblo al pensar que ese pueda ser el fin de este laboratorio experimental que conocemos como la Invisible.

[ La puerta de la Casa está abierta a proposiciones y a todo el que quiera caber = www.lainvisible.net ]
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