Miembros, miembras y miembres

Andaba/o yo/a el otro día/o por la biblioteca o biblioteco, cuando/a entró/á un/a clase de primaria o primario a la sala o salo de lectura o lecturo. Los nenes y nenas venían acompañados y acompañadas por su maestro o maestra, el cual o la cuala les explicaba/o la ordenación/a de los libros y libras, y el procedimiento/a a seguir para/o su consulta o consulto. Me sentí incómoda (aunque mi género es masculino, me sentí realmente incómoda, por miedo a represalias) escuchando/a al o a la educador/a hablando o hablanda a los alumnos/as en un o una perfecto/a lenguaje políticamente correcto/a no (o na) sexista o sexisto. Como ustedes o ustedesas sabrán, a los y las, o las y los niños y niñas, o niñas y niños pequeñas/os, les cuesta/o mantener la atención/a en un/a discurso/a, y hay que amenizarlo/a. Pero o pera el/la educadora/dor hablaba o hablabo tal como yo/ya escribo estas líneas o líneos. ¿Creen amables y amablesas lectores y lectoresas, que l@s niñ@s aprendieron algo este día?

A este respecto voy a comentar un giro arcaico que se daba en el lenguaje oral de las provincias centrales de Andalucía, hasta bien entrada la década de los 90. Las palabras terminadas en –os y –as cambiaban a –es (habichuelas: habichueles; papas: papes…) Este estilo cayó en desuso, sobre todo porque la televisión y otros medios de comunicación de masas introdujeron el castellano normalizado en estos lugares. Hoy todavía quedan algunos yacimientos de arqueología lingüística donde encontrar algún fósil viviente que lo use. Estando los géneros masculino y femenino tan encontrados, ¿no sería una buena idea rescatarlo?
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