Carta a José Antonio Marina


Como continuación a la entrada de ayer, publico una carta que he enviado al filósofo J.A. Marina. En su libro Por qué soy cristiano nos ofrece su correo electrónico para hacerle llegar los comentarios o críticas que genere su lectura. Así, no he podido pasar por alto su desprecio por la ciencia y por los animales. Además insulta a los que no somos religiosos llamándonos triviales, mezquinos, ridículos, aprovechados y listillos. Creo que he sido demasiado benigno:

Estimado señor Marina:

Soy escuchante habitual de sus intervenciones radiofónicas, y lo admiro por la cordura de su discurso. Así bien, quisiera apuntarle brevemente dos comentarios a su libro Por qué soy cristiano. Tenga a bien leerlos.

Boris Cyrulnik, insigne etólogo, plantea en una entrevista (publicada también por Anagrama), que "la ferocidad de nuestros antepasados respecto a los animales, se vio crecida por la visión antropocéntrica del concepto judeocristiano, y perdura en nuestra indiferencia actual a sus sufrimientos". Se extiende aún más en esta dilación, de la que traslado este extracto. Usted hace un alegato de lo contrario, haciendo caer en demérito a la ciencia por asimilarnos a los demás animales. Modestamente, yo quisiera hacerle ver que tal vez Cyrulnik, aunque no sea un antropólogo, tenga razón al relacionar el actual desprecio a los animales que se produce en el mundo occidental, con la herencia cultural cristiana. Alude, como parangón, a otras culturas consideradas subdesarrolladas, en las que al animal se le trata como a uno más, poniendo ejemplos de su vida cotidiana. Actitudes que un occidental estimaría de manicomio. Usted es un filósofo influyente, y con estas declaraciones no mejorará la situación.

El segundo comentario gira en torno a la poética y el significado de la vida. De sus páginas se deduce que estos conceptos sólo pueden aportarlos las religiones, llamando triviales a las personas que no ponen una religión en su vida. A este respecto he de decirle que descubrí recientemente a un filósofo trascendentalista, ateo, llamado H. D. Thoreau, cuando leí su obra capital, Walden. De esta lectura, de su filosofía, se extrae que la poética de la vida no está necesariamente ubicada en la metafísica, sino que puede estarlo, y de hecho también lo está, en la física, en la naturaleza, en lo mundano. Cada árbol es divino por sí mismo, sin necesidad de significarlo.

No considero trivial, mezquino, ridículo, aprovechado o listillo a Thoreau. Sin religión, fue a parar al mismo lugar adonde usted llegó con ella. A pesar de haber escogido sendas diferentes los dos buscáis una vida con principios, lo que os hace grandes a ambos. Para terminar quiero agradecerle esta oportunidad que brinda a sus lectores de poder contactar con usted.
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