De cómo tuve que pagar una multa por culpa de San Pancracio


Hoy la grúa se llevó mi coche por estar aparcado encima de la acera. Hasta aquí todo es normal, justo y merecido. Pero Gabriel García Márquez nos enseñó que un relato realista puede convertirse en fantástico en apenas unas líneas. Mi particular Macondo comenzó cuando entré en la comisaría de policía para pagar, religiosamente, la multa (el adverbio no está construyendo aquí una frase hecha, sino que debe entenderse de manera 'literal'). Presidía la sala una fotografía enorme de una Virgen católica, y frente a ella, al verlo, comprendí mi desdicha: San Pancracio. A los lectores que no lo sepan les diré que la actual costumbre de colocar una escultura de este santurrón en cada casa o negocio nació por la creencia popular de que atraía el dinero. Pero para que el sortilegio haga efecto, dicho amuleto no debe 'mirar' hacia la puerta de salida, y además debe llevar en la mano que apunta al cielo una moneda. El sistema financiero mundial debe haber olvidado este conjuro. De ahí la crisis económica.
Y allí estaba yo, delante de una mujer entronada y enjoyada por no haber hecho nunca el amor, y abriendo mi cartera ante el mayor usurero del Cielo. Sin embargo fue un agente de policía el que me extendió el recibo. Esto fue lo más surrealista de la situación...
Mi coche fue un obstáculo físico, y he pagado por ello. Las imágenes católicas son un obstáculo ético y moral para muchos ciudadanos, y el gobierno sigue contándonos que "España es un país laico".
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